Al cumplirse 150 años de la fundación de la Ciudad de Balcarce, resulta imposible hablar de la historia de nuestra comunidad sin reconocer el aporte de quienes llegaron desde otros lugares del mundo y encontraron aquí una tierra para crecer, trabajar y formar sus familias.
Entre esas corrientes inmigratorias, la española ocupó un lugar destacado. Muchos de sus integrantes arribaron antes de la fundación del pueblo y otros lo hicieron en las décadas posteriores, pero todos compartieron el mismo propósito: construir un futuro mejor sin olvidar sus raíces. Con esfuerzo, perseverancia y un profundo sentido de pertenencia, contribuyeron al desarrollo económico, social y cultural de una localidad que comenzaba a dar sus primeros pasos.
La necesidad de mantenerse unidos y de brindar ayuda a quienes atravesaban dificultades impulsó la creación de una institución propia. Así nació la Sociedad Española de Socorros Mutuos, formalmente constituida el 20 de agosto de 1882, aunque días antes ya se habían realizado las reuniones preparatorias que dieron origen a la entidad. Entre sus fundadores se encontraban Ramón Sorondo, Vicente Maureso, Manuel Paz, Evaristo Izequilla, Vicente Varela, José Zumalde y Joaquín Ibáñez, hombres que comprendieron la importancia de organizarse para acompañar a sus compatriotas en una tierra lejana.

La flamante institución cumplía una función esencial para la época. Más que una simple entidad social, actuaba como una verdadera mutual, brindando asistencia a sus asociados y promoviendo acciones de ayuda comunitaria. Su crecimiento fue constante gracias al compromiso de los inmigrantes españoles y de sus descendientes, que encontraron en ella un punto de encuentro para mantener vivas sus tradiciones y fortalecer los vínculos con la comunidad balcarceña.
Entre las primeras obras impulsadas por la Sociedad Española se destacó la construcción de su Panteón Social. Gracias a la cesión de un terreno por parte de las autoridades comunales y al aporte de socios y colaboradores, la planta baja fue inaugurada en 1885. Con el paso de los años y el aumento de la colectividad, el espacio resultó insuficiente y debió ser ampliado. Las obras culminaron con la inauguración del nuevo edificio en 1905, dotado incluso de una capilla, lo que lo convirtió en una de las construcciones de este tipo más importantes de la región.

Romerías Españolas – Balcarce 1912 – Fuente: Archivo Centro Cultural Salamone
Otro de los grandes anhelos de la colectividad fue contar con una sede social propia. Ese sueño comenzó a concretarse en 1891 con la adquisición de un terreno sobre la actual avenida Del Valle. Los trabajos avanzaron durante los años siguientes hasta que, en 1897, quedó inaugurado un edificio que se transformó en orgullo de la institución y en un punto de referencia para la vida social de Balcarce.
La antigua sede poseía características arquitectónicas que la hacían inconfundible. Una amplia escalinata de mármol blanco conducía al salón principal, mientras que una imponente puerta de madera recibía a quienes participaban de reuniones, celebraciones y actividades culturales. Con el tiempo, las transformaciones edilicias modificaron su aspecto original, aunque su valor histórico permanece intacto en la memoria de la comunidad.
Sin embargo, pocas expresiones reflejaron tanto el espíritu de la colectividad española como las tradicionales Romerías. Estas celebraciones, heredadas de antiguas costumbres de la península ibérica, llegaron a la Argentina de la mano de los inmigrantes y encontraron en Balcarce uno de sus escenarios más destacados.

Para realizarlas, la Sociedad Española adquirió un amplio predio conocido como el Prado Español. Allí, entre senderos arbolados, quioscos, escenarios y un gran salón, se desarrollaban jornadas que convocaban a cientos de personas. Música, danzas, gastronomía, juegos y encuentros familiares se combinaban para dar vida a una de las fiestas más esperadas del calendario social de la ciudad.
Las Romerías comenzaban con un oficio religioso y continuaban con una multitudinaria caravana desde la sede social hasta el Prado. Autoridades, representantes de la colectividad, vecinos y visitantes recorrían las calles acompañados por conjuntos musicales y agrupaciones de baile. Una vez abiertas las puertas del predio, comenzaban varios días de celebración donde convivían las tradiciones españolas con la participación de toda la comunidad.
Gallegos, vascos, asturianos y andaluces aportaban la riqueza cultural de sus regiones de origen. Sonaban gaitas, guitarras, bandurrias y castañuelas; se interpretaban canciones tradicionales y los cuerpos de baile desplegaban coreografías que despertaban la admiración del público. Aquellas jornadas representaban mucho más que una fiesta: eran una forma de mantener viva la memoria de la tierra natal y, al mismo tiempo, compartirla con el resto de los balcarceños.

La Sociedad Española también dejó su impronta en otros aspectos de la vida comunitaria. Entre ellos, la colocación del busto de Miguel de Cervantes Saavedra, máximo referente de las letras españolas, ubicado en la intersección de avenida Kelly y calle 17. Además, fue fundamental la participación de las damas de la institución, quienes organizaron numerosas actividades benéficas y colaboraron activamente en la realización de las Romerías y otras iniciativas sociales.
A lo largo de las décadas, muchas de aquellas tradiciones fueron desapareciendo junto con las generaciones que las impulsaron. El antiguo Prado Español ya no existe como en aquellos años y las grandes Romerías forman parte del recuerdo de quienes las vivieron. Sin embargo, su legado permanece presente en la identidad de Balcarce.
A 150 años de la fundación de la ciudad, recordar la historia de la colectividad española es reconocer a hombres y mujeres que, sin renunciar a sus raíces, eligieron esta tierra para construir su destino. Con trabajo, solidaridad y compromiso, ayudaron a forjar una comunidad que creció gracias al aporte de quienes llegaron desde lejos y encontraron en Balcarce un lugar para llamar hogar.

